Recopilación por Marco Antonio Regalado
“¿Quiere que me
ría?”
Se sentía muy solo
y enfermo en el aula vacía, todos los chicos ya se había ido a casa, Dan Seed,
James Misippo, Dick Corcoran, todos ellos por las vías del Southern Pacific,
riéndose y jugando, y esta loca idea de Miss Wissig, agobiándolo.
“Sí.”
Los labios severos,
el temblor, los ojos, qué melancolía más patética.
“Pero no quiero
reírme.”
Era extraño. El
mundo entero, las vueltas de la vida, en lo que llega a convertirse.
“Ríete.”
La tensión que crecía,
eléctrica, su rigidez, el nervioso movimiento de sus brazos y su cuerpo, lo
fría que era, y la enfermedad en su sangre.
“Pero, ¿por qué?”
¿Por qué? Todo tan
inmóvil, todo tan falto de gracia, tan horrible, las mentes atrapadas, algo que
quedó atrapado, sin sentido, sin significado.
“Como castigo. Te
reíste en clase, así que ahora, como castigo, debes reírte durante una hora, tú
solo, sin nadie más. Apresúrate, ya has desperdiciado cuatro minutos.”
Era vergonzoso; no
era en absoluto gracioso, quedarte después de clase, que te pidan que te rías.
No tenía sentido alguno. ¿De qué debía reírse? Nadie puede reírse porque sí.
Tiene que haber algo, algo divertido o pomposo, algo cómico. Era todo tan
extraño, sus modales, la forma en la que lo miraba, la sutileza; era
atemorizante. ¿Qué quería de él? Y el olor de la escuela, el aceite del suelo,
el polvo de la tiza, el olor de la misma idea de los niños habiéndose ido a
casa; la soledad, la tristeza.
“Siento haberme
reído.”
La flor se doblaba,
avergonzada. Estaba apenado, no se trataba meramente de una broma; estaba apenado,
pero no por sí mismo, sino por ella. Era una chica joven, una maestra
sustituta, y había cierta tristeza en ella, tan agazapada y tan difícil de
entender; una tristeza que traía consigo cada día y él se había reído de ella,
fue cómico, algo que ella dijo, la forma en que los miraba a todos, la forma en
que se movía. No había sentido ganas de reírse, pero de pronto se rió y ella lo
miró y él la miró a los ojos y por un momento hubo una vaga comunión, y luego
la furia, el odio en sus ojos. “Te quedarás después de clase.” No había querido
reírse, tan sólo ocurrió, y estaba apenado, avergonzado, ella tenía que
saberlo, se lo estaba diciendo. Pepito Grillo.
“Estás haciéndome
perder el tiempo. Empieza a reírte.”
Se había inclinado
para borrar lo que estaba escrito en el pizarrón: África, El Cairo, las
pirámides, las esfinges, el Nilo; y los números 1865, 1914. Pero la tensión
estaba allí, aun teniéndola de espaldas; el aula estaba en silencio y el vacío
lo volvía todo más enfático, lo magnificaba todo, haciéndolo más preciso, con
su mente, la de ella y la pena de ambas, una junto a la otra, conflictuándose;
¿por qué? Él trató de ser amable; el día que ella llegó, él quiso ser amable;
sintió de inmediato su extrañeza, su lejanía, de modo que ¿por qué se había reído?
¿Por qué todo ocurre de manera tan falsa? ¿Por qué tuvo que ser él quien la
hiriera cuando, desde el principio, quiso ser su amigo?
“No quiero reírme.”
Atrevimiento y
llanto en su voz, un llanto vergonzoso. ¿Pero qué derecho tenía para destruir
algo tan inocente? No había querido ser cruel; ¿por qué ella no era capaz de
entenderlo? Empezó a sentir odio frente a su estupidez, por su sosería, por lo
empecinado de su voluntad. No me reiré, pensó; que llame a Mr. Caswell y que me
azoten, pero no volveré a reírme. Todo era un error. Había querido llorar, o
algo así, no lo sé; no había querido hacerlo. No soporto que me azoten, por
Dios, me duele, pero no tanto como esto; me han dado en el trasero alguna vez,
conozco la diferencia.
Bueno, dejen que lo
golpeen, ¿acaso le importó? Le ardió y luego sintió un dolor agudo varios días,
pensando en ello, pero déjenles, que lo hagan inclinarse, no irá a reírse.
La vio sentarse en
el escritorio y observarlo; por haber estado chillando, se veía enferma y
sobresaltada, y cierta piedad llegó a sus labios una vez más, la enfermiza
piedad que sentía por ella, ¿por qué estaba causándole tantos problemas a una
maestra sustituta que le simpatizaba, no una vieja y fea maestra, sino una
pequeña chica agradable, asustada desde el principio?
“Por favor, ríete.”
Y qué humillación,
ya no se lo ordenaba, se lo rogaba, le rogaba que se riera cuando él no quería reírse.
¿Qué se puede hacer? Honestamente, ¿qué se puede hacer bien, por voluntad
propia, no accidentalmente, que no sea lo equivocado? ¿A qué se refería? ¿Qué
placer podría sacar de oírlo reír? Qué mundo más estúpido, el extraño sentir de
las personas, la reserva, cada persona dentro de sí, queriendo una cosa y
siempre obteniendo otra, queriendo dar una cosa y siempre dando otra. Sí, lo
haría. Ahora sí se reiría, no por él, sino por ella. Incluso si esto lo
enfermera, se reiría. Quería saber la verdad, qué era todo eso. Ella no estaba
haciéndolo reír, le pedía que lo hiciese, se lo rogaba. No entendía qué sucedía,
pero quería saberlo. Pensó, quizás pueda pensar en algo gracioso, y empezó a
recordar todas las historias graciosas que había oído, pero era extraño, no se
acordaba de ninguna. Y otras cosas graciosas, como la forma en que caminaba
Annie Gran; vaya, ya no parece nada gracioso; y Henry Mayo, burlándose de
Hiawatha, equivocándose; ya no parecía gracioso. Era cosas que le hacían reir
hasta enrojecer y perder el aliento, pero había llegado a un punto muerto,
inútil, by the big sea waters, by the big
sea waters, came the mighty, vaya, ya no era gracioso; Dios, ya no podía
reirse de todo eso. Bueno, tan solo se reiría, de la misma manera de siempre,
sé un actor, ja, ja, ja. Dios, era difícil, era lo más fácil del mundo y ahora
no podía soltar una sola risita.
No obstante, empezó
a reírse, sintiéndose avergonzado e incómodo. Tenía miedo de mirarla a los
ojos, así que se fijó en el reloj e intentó no detenerse, era algo
extraordinario, pedirle a un muchacho que se riera por una hora y nada, rogarle
que se riera sin ningún motivo. Y así lo haría, quizás no por una hora, pero lo
intentaría; algo haría. Lo más gracioso era su voz, la falsedad de aquella
risa; y luego de un rato le empezó a parecer muy gracioso, muy cómico y le hizo
feliz ya que verdaderamente le daba risa, y ahora que se reía realmente, con
todo su ser, con toda su sangre, riéndose de cuán falsa era su risa, en tanto
la vergüenza se alejaba, se dio cuenta de que ya no era falso, de que era la
verdad de su risa lo que llenaba el aula vacía y todo parecía encajar, todo era
magnífico y ya habían pasado dos minutos.
Y empezó a ver cosas
realmente graciosas por doquier, en toda la ciudad, la gente que caminaba por
la calle, tratando de verse importante, pero él lo sabía, no lo engatusaban,
sabía lo importante que eran, la forma en la que hablaban, siempre a lo grande,
y toda esa pomposidad, toda esa falsedad lo hacían reírse; pensó en el
predicador de la Iglesia Prebisteriana, lo falso de sus sermones, Oh, Dios,
hágase tu voluntad, y sin nadie que creyera en él, y la gente importante con
grandes coches, Cadillcs y Packards, acelerando y desacelerando, yendo por todo
el país, como si tuvieran un lugar al que ir, y los conciertos de la banda del
pueblo, todo tan falso, todo haciéndolo reír, los grandullones corriendo detrás
de las chicas cuando hacía calor y los tranvías que se desplazaban por toda la
ciudad con apenas dos pasajeros, eso sí era gracioso, esos enormes vagones
llevando solamente a una anciana y a un hombre con harrison bigotes, y se rió
hasta que perdió el aliento y su cara enrojeció y de pronto, toda la vergüenza
había desaparecido y estaba riéndose y miraba a Miss Wissig, y el acabóse, las
lágrimas le corrían por los ojos. Por Dios Santo, no se había reído de ella. Se
había estado riendo de todos esos tontos, todas las tonterías que hacían día
tras día, toda la falsedad. Era desagradable. Siempre quería hacer las cosas
bien y siempre las cosas se daban vuelta. Quería saber por qué, qué es lo que
sucedía con ella, dentro de ella, su parte secreta, y él que se había reído
para ella, no para sentirse a gusto, y ella allí, temblando, con los ojos
húmedos y las lágrimas que le corrían, su rostro agónico, y él seguía riéndose
de la furia y la desilusión de su corazón, y se reía de todo lo que es patético
en el mundo, las cosas por las que la buena gente llora, los perros callejeros,
los caballos que se tropezaban y eran azotados, los tímidos que en su interior
eran aplastados por tipos crueles y gordos, gordos por dentro, pomposos; y los
pajaritos, muertos en las aceras; y los malentendidos en todas partes, el
conflicto sin fin, la crueldad, las cosas que vuelven maligno a un hombre, el
crecimiento vil y el enojo empezaba a cambiar su risa y empezaban a asomarse
lágrimas en sus ojos. Sólo ellos, en el aula vacía, juntos y desnudos en su
soledad y su desconcierto, hermano y hermana, los dos queriendo cierta
decencia, cierta limpieza en este mundo, los dos queriendo compartir la verdad
con el otro y aun así, los dos, extraños de alguna manera, solos y lejanos.
Oyó que la chica
contenía el sollozo y luego todo fue al revés, y él lloraba, honesta y
verdaderamente, como un bebé, como si algo realmente hubiese sucedido, y
escondió su rostro entre sus brazos, y respiraba agitadamente y pensaba en que
no quería vivir; en que si así eran las cosas, quería estar muerto.
No supo cuánto lloró
pero de pronto, se dio cuenta de que no había llanto ni risa y de que el aula
estaba muy tranquila. Qué vergonzoso. Tenía miedo levantar la cabeza y mirar a
la maestra. Era horroroso.
“Ben.”
En voz baja,
calmada, solemne; ¿cómo podría volver a mirarla?
“Ben.”
Levantó la cabeza.
Los ojos de ella estaban secos y su cara parecía más brillante y más hermosa,
como nunca antes.
“Por favor, sécate
la cara. ¿Quieres un pañuelo?”
“Sí.”
Se secó los ojos, se
sonó la nariz. Qué tierra enferma. Qué sombrío era todo.
“¿Cuántos años
tienes, Ben?”
“Diez.”
“¿Qué es lo que
piensas hacer? Quiero decir…”
“No lo sé.”
“¿Y tu padre?”
“Es sastre.”
“¿Te gusta esta
ciudad?”
“Creo que sí.”
“¿Tienes hermanos?”
“Tres hermanos y
tres hermanas.”
“¿Nunca has pensado
en irte? ¿Irte a alguna otra ciudad?”
Era asombroso. Le
hablaba como si fuera una persona madura, tratando de llegar hasta el fondo.
“Sí.”
“¿Adónde?”
“No lo sé. New York,
quizás. O al viejo continente tal vez.”
“¿Al viejo
continente?”
“Milán. La ciudad de
mi padre.”
“Oh.”
Él quería
preguntarle sobre ella, adonde había ido, donde había estado; quería ser
maduro, pero tenía miedo. Ella fue hasta el guardarropa y trajo su abrigo, su
sombrero y su bolso, y comenzó poniéndose el abrigo.
“Ya no estaré aquí
mañana. Miss Shorb se ha recuperado. Me voy.”
Se sintió triste,
pero no podía pensar en nada que decirle. Ella se ajustó el cinturón del abrigo
y se puso el sombrero, sonriente, Dios, qué mundo, primero lo hacía reírse,
luego llorar y ahora esto. ¿Adónde iba? ¿Es que ya nunca la volvería a ver?
“Debes irte ya,
Ben.”
Y allí estaba él,
mirándola y sin quererse ir, allí estaba, con ganas de sentarse y observarla.
Se levantó lentamente y fue hasta el guardarropa a buscar su gorra. Caminó
hasta la puerta, sintiéndose enfermo de soledad; se dio vuelta para verla por
última vez.
“Adiós, Miss
Wissig.”
“Adiós, Ben.”
Y muy prontamente
estaba corriendo por el parque de la escuela, y la maestra sustituta de pie en
el patio, siguiéndolo con la mirada. No sabía en qué pensar, pero supo que
estaba verdaderamente triste y que tenía miedo de darse vuelta para ver si ella
estaba mirándolo. Pensó: Si me apresuro, quizás pueda encontrar a Dan Seed y a
Dick Corcoran y a los demás, y quizás llegué a tiempo para ver cómo se va el
tren de carga. Bueno, nadie lo sabría de todas formas. Nadie sabría alguna vez
qué sucedió y cómo había llorado y reído.
Corrió por las vías
de Southern Pacific, y los chicos ya no estaban allí y el tren ya se había ido.
Se sentó bajo un
eucalipto. El mundo entero, un desastre. Entonces comenzó a llorar una vez más.
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William Saroyan
Escritor
estadounidense nacido en Fresno (California). Sus primeras obras tratan de su
amada familia armenia y su capacidad de alegría frente a la adversidad.
Destacan el libro de relatos Mi nombre es Aram (1940) y la novela La
comedia humana (1942). Sus obras de teatro, líricas y construidas de forma
flexible, son Mi corazón está en las tierras altas, que obtuvo grandes
elogios en su estreno en 1939, y El momento de tu vida, por la que ganó
el Premio Pulitzer en 1940, aunque lo rehusó, de forma característica en él, al
considerar que su obra era tan meritoria como las de los demás.
·
* Traducción: Martín Abadía

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