Otto-Raúl González.
Poeta, narrador y ensayista. Radicó en México desde 1944. Su nacionalidad está
considerada como guatemalteco-mexicano. Estudió Derecho en la UNAM. Fue cónsul
y agregado cultural en México; presidente del Comité Departamental de La Paz en
Guatemala; corresponsal del Centro Internacional de Estudios Poéticos de
Bruselas, Bélgica; director fundador de Acento. Su obra poética ha sido
traducida al inglés, francés, checo, ruso y chino. El Certamen de los Juegos
Florales Centroamericanos, México y el Caribe de Quetzaltenango lleva su nombre
(l993).
Colaborador de Acento, El
Financiero y Excélsior. Premio Quetzal de Oro 1973 de la Asociación de
Periodistas de Guatemala. Premio Nacional de Poesía La Paz (Baja California
Sur) 1979 por El hombre de las lámparas celestes. Premio Nacional de Poesía
Jaime Sabines 1989 por El conejo de las orejas en reposo. Premio Nacional de
Literatura Miguel Ángel Asturias 1990 del Ministerio de Cultura de Guatemala.
Orden del Quetzal de Guatemala.
Aquí los dos poemas:
ANADRIO
Quien primero vio una
nube de color anadrio
era un joven pastor de
diecisiete abriles
que más tarde fue monarca
de su reino
y hombre feliz hasta
decir ya no,
porque el anadrio es el
color de la alegría
y de la buena suerte.
¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!
En mil quinientos veinte
un español porquerizo de
Castilla
vino a América y cuando
se internó en la selva
vio un árbol de color
anadrio
ese mismo soldado de
fortuna
más tarde comió con
Carlos V
y fue virrey;
porque el anadrio es el
color de la alegría
y de la buena suerte.
¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!
En la época moderna otras
personas
han visto objetos de
color anadrio
y su suerte ha cambiado
en forma radical.
Un pescador vio una
sirena cuya cola
era anadria y desde
entonces
pescó y pescó y pescó y
pescó y ahora
es dueño de una flota
ballenera;
porque el anadrio es el
color de la alegría
y de la buena suerte.
¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!
rapaz sin desayuno, de
pobreza trajeado,
un día en su camino vio
una piedra
que era, por supuesto, de
color anadrio.
Ese niño actualmente es
accionista
de una inmensa cadena de
periódicos;
porque el anadrio es el
color de la alegría
y de la buena suerte.
Pinte usted
las paredes de su casa
de color anadrio
y le irá bien.
* (De Diez colores
nuevos, Editorial Praxis, 1993)
OIGO EL RUMOR DE LOS CIPRESES EN LAS NOCHES DE LUNA…
Oigo el rumor de los
cipreses en las noches de luna
y pienso en las mil y una
lunas adorables
que todos hemos tenido
alguna vez en nuestras vidas,
distingo las voces quedas
de la melancolía
y los murmullos con que
la nostalgia me frecuenta.
Voces palpables, voces
inefables, voces adorables
de la añoranza por lo que
se fue o no fue y sigue siendo;
los murmullos que en mi
oído suspiran vivencias agotadas
vasos donde conservo
risas y sonrisas, ternuras y ademanes.
Oigo los forcejeos del
viento con las viejas cortezas
de los árboles donde
grabé los nombres de mis novias
enlazados al mío en medio
de ígneos corazones,
vano intento de ciclones
que terminan por arrancar de cuajo
aquellos esbeltos y
altivos troncos de mi adolescencia.
Oigo el rumor de las olas
de ya lejanas playas
y en mi mente aparecen
manos que junto con las mías
tratan de atrapar al
crepúsculo para ungir con sus aceites
la piel de nuestros
cuerpos jadeantes y lascivos.
Cipreses y murmullos,
cortezas y crepúsculos
(no es por nada) pero a
mí me hacen siempre los mandados.
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Fuentes:
Isliapa
Rancho Las voces

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