"De los cerros
altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de
esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella
ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia
Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado
de desmenuzarla, de modo de que la tierra de por allí es blanca y brillante
como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un
puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío
se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra. Y la tierra es
empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se
pierde tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los
sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá
abajo lo hubieran encañonado en tubos de carrizo. Un viento que no deja crecer
ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco
untadas en la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los
montes. Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las
piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote
pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas
espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.
"
De “El llano en
llamas”

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