Recopilación de Marco Antonio Regalado
Poeta y ensayista estadounidense, también traductor de poesía japonesa.
Su obra está marcada por la ecología, los mitos y la cultura de los indígenas
americanos, la literatura y filosofía asiáticas, y el budismo zen. Nació en San
Francisco, California un 8 de mayo de 1930. Después de obtener la licenciatura
en Lengua Inglesa y Antropología en el Reed College en 1951, estudió Lenguas
Asiáticas en la Universidad de Berkeley, donde conocería a los escritores Allen
Ginsberg y Jack Kerouac. A través de ellos se asoció con el grupo de la
generación Beat y los poetas de Black Mountain.
Desde 1956 hasta 1968 vivió principalmente en Kioto, Japón, estudiando
la filosofía zen en un monasterio. Regresó a Estados Unidos y en 1986 fue
nombrado catedrático de la Universidad de Davis (California).
Destacan sus poemarios: Riprap (1959), Mitos y textos
(1960), El país de atrás (1967), Respecto a la ola (1969), Isla
de la Tortuga (1974, premio Pulitzer de poesía en 1975), El mango del
hacha (1983) y Montes y ríos sin fin (1996). Sus colecciones de
ensayos: La práctica de lo salvaje (1990) y Un lugar en el espacio
(1995) recogen sus ideas sobre ecología.
El día de hoy, está cumpliendo 90 años.
Aquí sus poemas:
CUATRO POEMAS PARA ROBIN:
Una vez acampando en el bosque
Siuslaw
dormí bajo los rododendros
las flores cayeron toda la noche
temblando sobre un pliego de cartón
con los pies en la mochila
y las manos hasta el fondo de los
bolsillos
apenas si podía dormir.
Me acordé de cuando estábamos en el
colegio
y dormimos juntos en una cama grande
y tibia
éramos los amantes más jóvenes
cuando cortamos recién teníamos
diecinueve.
Ahora nuestros amigos se casaron
vos das clases de nuevo en una
escuela del este
No es que me importe vivir así
las colinas verdes la playa larga y
azul
pero a veces durmiendo a la
intemperie
me acuerdo de cuando te tenía.
Una noche de primavera en Shokoku-ji
En mayo van a hacer ocho años
que caminamos bajo las flores de
cerezo
de noche en un huerto de Oregon.
De todo lo que quería en ese tiempo
ya me olvidé, menos de vos.
Acá, de noche
en un jardín de la capital vieja
siento el fantasma tembloroso de
Yugao
y me acuerdo de tu cuerpo fresco
desnudo bajo un vestido de algodón.
Una mañana de otoño en Shokoku-ji
Anoche mirando las Pléyades,
con el aliento humeante a la luz de
la luna,
un recuerdo amargo como vómito
me atragantó.
Desenrollé la bolsa de dormir
sobre el tapete de un porche
bajo la espesura de las estrellas de
otoño.
Te me apareciste en sueños
(en nueve años, tres veces)
Salvaje, fría y acusadora.
Me desperté con vergüenza, enojado:
Las guerras sin sentido del corazón.
Ya casi amanecía. Venus y Júpiter.
La primera vez que los vi
tan cerca.
Diciembre en Yase
Ese octubre,
cuando elegiste ser libre
en el pasto alto y seco junto al
huerto,
dijiste “algún día, quizás en diez
años”.
Después de la universidad te vi
una sola vez. Estabas rara.
Y yo, obsesionado con un plan.
Ahora pasaron diez años
y más: yo siempre supe
dónde estabas—
Tendría que haber ido a verte
con la esperanza de recuperar tu
amor.
Todavía seguís soltera.
No lo hice.
Pensé que tenía que estar solo.
Hice eso.
Solamente en sueños, como esta
madrugada,
la intensidad abrumadora
de nuestro amor de juventud
me vuelve a la mente, a la carne.
Tuvimos lo que todos
se esfuerzan por tener;
y lo dejamos atrás a los diecinueve.
Me siento milenario, como si hubiera
vivido muchas vidas.
Y es posible que nunca sepa
si soy un tonto
o hice lo que me exige
mi karma.
OTROS POEMAS:
PARA LOS CHICOS
Las colinas nacientes, las pendientes
de las estadísticas
están ante nosotros.
la cuesta escarpada
de todo lo que sube
y sube, mientras todos
bajamos.
En el
siglo que viene
o el que le sigue,
dicen que
va a haber praderas y valles
donde encontrarnos en paz,
si lo logramos.
Para escalar estas cimas por venir
una palabra para vos, para
vos y tus hijos:
quédense juntos
apréndanse las flores
viajen livianos.
Las colinas nacientes, las pendientes
de las estadísticas
están ante nosotros.
la cuesta escarpada
de todo lo que sube
y sube, mientras todos
bajamos.
En el
siglo que viene
o el que le sigue,
dicen que
va a haber praderas y valles
donde encontrarnos en paz,
si lo logramos.
Para escalar estas cimas por venir
una palabra para vos, para
vos y tus hijos:
quédense juntos
apréndanse las flores
viajen livianos.
Quema controlada
Lo que los indios
de acá
tenían por costumbre hacer, era
quemar todos los años la maleza.
y en el bosque, desfiladero arriba,
mantener los robles y los pinos
altos y despejados
con la hierba debajo
y el kitkitdizze,
nunca tan combustibles
que un fuego pudiera encenderlos.
Ahora, la manzanita,
(un arbusto en todo su derecho)
se mezcla bajo los árboles nuevos
con los recortes de las madereras
y un fuego puede acabar con todo.
El fuego es un cuento viejo.
A mí me gustaría
con un sentido de servicio,
respetando las leyes
de la naturaleza,
ayudar a mi tierra
con una quema, una buena
quema.
(las semillas de la manzanita se abrirían después
de que el fuego les hubiera pasado por arriba
o después de pasarle a un oso por adentro)
Y entonces
sería más
como
antes
como cuando era de los indios
FRONTERAS
El límite del cáncer
se hincha contra la montaña —sentimos
una brisa nauseabunda—
y se vuelve a hundir.
Acá, los ciervos pasan el invierno,
En el desfiladero ruge una motosierra.
Diez días húmedos y los camiones del aserradero
tienen que parar, los árboles respiran.
El domingo el jeep doble tracción de la
Compañía Realty trae a los
buscadores, a los mirones, que le dicen
a la tierra
Abrí las piernas.
El estruendo de un jet arriba, y basta;
cada latido de la inmundicia del corazón
en las venas enfermas y gordas de Amérika
acerca más el límite
—Una excavadora tritura y babea
se da vuelta y vomita sobre los cadáveres
de arbustos desollados vivos
a cuenta de un hombre
de la ciudad.
Atrás queda un bosque que se aleja hacia el Ártico
y un desierto que todavía les pertenece a los paiutes
y nosotros tenemos que trazar
la línea acá.
Lo que los indios
de acá
tenían por costumbre hacer, era
quemar todos los años la maleza.
y en el bosque, desfiladero arriba,
mantener los robles y los pinos
altos y despejados
con la hierba debajo
y el kitkitdizze,
nunca tan combustibles
que un fuego pudiera encenderlos.
Ahora, la manzanita,
(un arbusto en todo su derecho)
se mezcla bajo los árboles nuevos
con los recortes de las madereras
y un fuego puede acabar con todo.
El fuego es un cuento viejo.
A mí me gustaría
con un sentido de servicio,
respetando las leyes
de la naturaleza,
ayudar a mi tierra
con una quema, una buena
quema.
(las semillas de la manzanita se abrirían después
de que el fuego les hubiera pasado por arriba
o después de pasarle a un oso por adentro)
Y entonces
sería más
como
antes
como cuando era de los indios
FRONTERAS
El límite del cáncer
se hincha contra la montaña —sentimos
una brisa nauseabunda—
y se vuelve a hundir.
Acá, los ciervos pasan el invierno,
En el desfiladero ruge una motosierra.
Diez días húmedos y los camiones del aserradero
tienen que parar, los árboles respiran.
El domingo el jeep doble tracción de la
Compañía Realty trae a los
buscadores, a los mirones, que le dicen
a la tierra
Abrí las piernas.
El estruendo de un jet arriba, y basta;
cada latido de la inmundicia del corazón
en las venas enfermas y gordas de Amérika
acerca más el límite
—Una excavadora tritura y babea
se da vuelta y vomita sobre los cadáveres
de arbustos desollados vivos
a cuenta de un hombre
de la ciudad.
Atrás queda un bosque que se aleja hacia el Ártico
y un desierto que todavía les pertenece a los paiutes
y nosotros tenemos que trazar
la línea acá.
PARA TODOS
Ah estar vivo
una mañana a mediados de septiembre
descalzo, vadeando la
corriente con los pantalones arremangados y
las botas en la mano, la mochila colgada,
el sol, el hielo en los bajíos
de las Rocosas del norte.
El brillo y el rumor del agua helada del arroyo, las piedras
rodando bajo los pies, chiquitas y duras como dedos
la nariz que gotea, fría,
ir cantando por dentro
la música del arroyo, música del corazón,
oler el sol en la grava
juro lealtad
juro lealtad al suelo
de Turtle Island
y a los seres que sobre él habitan
un ecosistema
en diversidad
bajo el sol
En gozosa interpenetración para todos.
Ah estar vivo
una mañana a mediados de septiembre
descalzo, vadeando la
corriente con los pantalones arremangados y
las botas en la mano, la mochila colgada,
el sol, el hielo en los bajíos
de las Rocosas del norte.
El brillo y el rumor del agua helada del arroyo, las piedras
rodando bajo los pies, chiquitas y duras como dedos
la nariz que gotea, fría,
ir cantando por dentro
la música del arroyo, música del corazón,
oler el sol en la grava
juro lealtad
juro lealtad al suelo
de Turtle Island
y a los seres que sobre él habitan
un ecosistema
en diversidad
bajo el sol
En gozosa interpenetración para todos.
TOJI
Hombres durmiendo en paños menores
con diarios debajo de sus cabezas
bajo los aleros de Toji,
Kobo Daishi de sólido hierro y diez pies de alto
que se alarga en el medio, con una paloma sobre
su sombrero.
con diarios debajo de sus cabezas
bajo los aleros de Toji,
Kobo Daishi de sólido hierro y diez pies de alto
que se alarga en el medio, con una paloma sobre
su sombrero.
Atisbando a través de las rejas de un
gallinero
en polvorientas estatuas laminadas de oro
un cínico curvo vientre
de frío Bodhisatva—quizás Avalokita—,
bisexual y experimentado en todo, aplastado
sobre su pierna, con un nimbo de oro cobra
hace brillar en la sombra
una antigua sonrisa de sabiduría
donde repican la India y el Tíbet.
en polvorientas estatuas laminadas de oro
un cínico curvo vientre
de frío Bodhisatva—quizás Avalokita—,
bisexual y experimentado en todo, aplastado
sobre su pierna, con un nimbo de oro cobra
hace brillar en la sombra
una antigua sonrisa de sabiduría
donde repican la India y el Tíbet.
Joven madre de seno descubierto
con sus chicos a la sombra
del viejo árbol del Templo,
nadie te molesta en Toji;
afuera rechina el tranvía.
con sus chicos a la sombra
del viejo árbol del Templo,
nadie te molesta en Toji;
afuera rechina el tranvía.
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Fuentes:
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El Placard
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El Poder de la Palabra
·
*Versión en castellano de Sandra Toro

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