viernes, 24 de abril de 2020

ROBERT PENN WARREN “El halcón nocturno” y “Mástiles al amanecer”




Recopilación de Marco Antonio Regalado

Robert, uno de los fundadores e integrantes de la Fraternidad de Escritores del Sur así como también de la Nueva Crítica, nació el 24 de abril de 1905 en la localidad estadounidense de Guthrie. Durante su juventud tuvo oportunidad de asistir a las universidades de Clarksville, Vanderbilt, California y Yale antes de inscribirse en Southwestern College para formarse como docente.
En 1930 celebró su boda con Emma Brescia, mujer de la cual se divorció en 1951. Un año más tarde, Warren rehízo su vida sentimental junto a Eleanor Clark. Fruto de su amor con su segunda esposa llegó al mundo su hija Rosanna en julio de 1953 y, dos temporadas más tarde, su hijo Gabriel.
Como escritor fueron varias las obras y libros que dio a conocer, aunque fue “Todos los hombres del rey” el material de su autoría que más trascendencia alcanzó. Este relato, que desarrolló mientras sumaba experiencia como profesor en la Universidad de Minnesota, fue traducido y adaptado a la gran pantalla en más de una oportunidad. Además, le permitió obtener en 1947 un Premio Pulitzer en la categoría de ficción. En 1957 y en 1979, asimismo, Robert consiguió este mismo premio, pero en las categorías de poesía.
“El caballero de la noche”, “En las puertas del cielo”, “El circo del desván”, “Mundo y tiempo”, “La gruta” y “¿Quién habla a favor del negro?” son otros títulos que forman parte de su producción literaria.
Ganó el premio Pulitzer de Poesía, así como el Premio Nacional del Libro por su colección de poemas Promesas (1957), un volumen en el que utiliza un intenso simbolismo. Entre sus numerosos libros de poemas se encuentran también Poemas seleccionados, nuevos y antiguos,1923-1966 (1966); Ahora y después: Poemas 1976-1978 (1979), que le valió su tercer Premio Pulitzer; y Estar aquí: Poemas1977-1980 (1980).
Con su salud debilitada como consecuencia de un cáncer óseo, Robert Penn Warren encontró la muerte el 15 de septiembre de 1989 en la localidad estadounidense de Stratton.
Ubaldo León Barreto en la revista digital, Rialto, afirma: Existe, en la poesía escrita en lengua inglesa, una larga y curiosa tradición de textos sobre animales: de Tennyson a Ted Hughes, estas criaturas han ejercido una poderosa e inexplicable atracción sobre muchos poetas de primer orden. O quizás no tan inexplicable, después de todo: es evidente que en la mayoría de los casos no se trata de que los escritores hayan desarrollado un súbito interés por la etología, sino de aprovechar el potencial alegórico de los diferentes animales.
Así, para Wallace Stevens, los pavos reales que aparecen en algunos de sus poemas son probablemente símbolos de la inescrutabilidad del Universo; Robinson Jeffers y Ted Hughes escriben sobre águilas y cuervos para articular un poderoso “correlato objetivo” de su nihilismo… los ejemplos podrían continuar.
En el caso de Robert Penn Warren, obsesionado –según su amigo Harold Bloom– con las más abstrusas especulaciones metafísicas sobre el conocimiento, el tiempo y la historia, el halcón se convierte en el portador de una sabiduría inalcanzable para los hombres, un conocimiento esotérico tan inaccesible como la perfección de los arquetipos platónicos, un ejemplo de ello es el poema “El halcón nocturno”, que aquí les comparto.
Encontrar poesía en la red de ciertos autores es complicado; sobre todo cuando los autores de poesía, también son grandes narradores, como en el caso de Warren; Gustavo Adolfo Chaves, en el Blog: Café Verlain, nos cuenta su encuentro con el poema, “Mástiles al amanecer” y nos dice: Hace varios años, de regreso de un viaje, mi hermana me trajo una antología de poesía que incluía este poema. Hoy esta confesión suena ridícula, pero en esos días (recién cumplidos los veinte), yo estaba inconscientemente inmerso en un rapto Yeatsiano y quería salir de donde estaba para irme a vivir cerca del mar, o al menos cerca de un lugar con agua. A menudo me levantaba de madrugada y notaba el viento en las ramas alrededor de la casa rugiendo como si fueran olas. A fuerza de anhelar, empecé a leer este poema como si Warren mismo hubiese estado lejos del mar cuando lo escribió, anhelando como yo, imaginando un despertar y pensando "cómo en la oscuridad los mástiles se enblanquecen." Porque, claro, si él podía ver directamente los mástiles, ¿para qué ponerse a pensarlos? Un día me di cuenta de que ya era capaz de percibir todas las luces, todos los sonidos y todas las breves historias detrás de la marea de este poema. Llegué a amarlo de tal forma que podía creerlo.
Unos años después, me encontré una madrugada frente al Atlántico, en Finisterre, y anoté algo en mi diario sobre la alegría que sentía, a pesar del frío, sentado allí solo viendo cómo lentamente en el puerto los mástiles se volvían blancos. Finalmente dejé de imaginar y pude ver. Después de tanto tiempo, obtuve una unidad personal con el ritmo de este poema. Me da pena llamarla mística, pero no dudo en consentir que me trae paz. Al final, gracias en parte a este poema, he llegado a amar de tal forma las madrugadas que he podido finalmente creer en el mundo...

Aquí los dos poemas de Robert Penn Warren:
HALCÓN NOCTURNO
De un plano de luz a otro, con alas que atraviesan
la geometría y las orquídeas que erige el crepúsculo,
desde la oscura cumbre, a horcajadas de la última
estruendosa avalancha de luz sobre los pinos,
el halcón desciende.
Sus alas siegan otro día, su movimiento
Es como el de una afilada cuchilla de acero,
escuchamos la caída silenciosa de los árboles del Tiempo.
La copa de cada árbol soporta el peso en oro de nuestros errores.
¡Mira! ¡Mira!, ahora asciende hacia la última luz
aquel que no conoce el Tiempo ni el error
Y bajo cuyo ojo, implacable, el mundo irredento se inclina hacia las sombras.
Hace ya mucho que el último zorzal ha callado, el último murciélago
vuela ahora trazando un agudo jeroglífico. Su sabiduría
también es ancestral e inmensa. La estrella está inmóvil, como
los arquetipos platónicos, sobre la montaña.
Si no hubiera viento podríamos, creo, escuchar
cómo la Tierra gira sobre su eje, o cómo la Historia gotea en la oscuridad,
como una tubería herrumbrosa en el fondo del sótano.

MÁSTILES AL AMANECER

Pasado el segundo canto del gallo los mástiles en el puerto lentamente se emblanquecen.

Aún no hay luz en el Este, pero las estrellas muestran cierta fatiga.
Se retiran a una nueva distancia. Han descubierto que no valemos la pena. Hace rato que el búho, en el oscuro eucalipto, funesto y melodioso, llamó por última vez, y rato hace desde que la luna se hundió y los ingleses acabaron de fornicar en sus queches. Por la noche hubo una fuerte crecida.

Rojo murió el sol, pero al anochecer se levantó un viento del Este, un mar blanco rezongó el negro promontorio del muelle.

Cuando hay una fuerte crecida, uno puede, si se rinde a ella, experimentar
Un sentido, en el acto, de unidad mística con ese ritmo. La voluntad del mar es tu paz.

Pero ahora no hay movimiento, el rostro de la bahía se ve lustroso en la oscuridad, como una ventana acostada en el suelo negro a la par de un muro, cerca de un puñado de cenizas. No recibe ni da luz. Esta es la hora en que el mar se hunde en meditación. Duda de su propia misión. El gato ahogado que en la crecida de anoche jugueteaba con las estacas del muelle y parecía querer subirse a ellas y secarse, ahora flota libre. Sobre esa superficie, él es sólo una leve convexidad, como un párpado cerrado, en lo oscuro. Uno debe aprender a aceptar el beso del destino, pues los mástiles lentamente se emblanquecen, como la luz, como el rocío, tras la oscuridad que en ellos se condensa, sobre maderas aceitadas, sobre el metal. El rocío se emblanquece en la oscuridad.

Yo reposo en mi cama y pienso cómo, en la oscuridad, los mástiles se emblanquecen.

El sonido del motor del primer bote pesquero muere en dirección del mar. Pronto en la cañada, tierra adentro, se despierta la paloma del alba. Debemos intentar amar tanto al mundo para poder, al final, creer en Dios.



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