domingo, 20 de diciembre de 2020

GONZALO ROJAS

 

GONZALO ROJAS

Recopilación de Marco Antonio Regalado





La loba, Dos poemas con cartas y Dos mariposas con poemas…

Gonzalo Rojas fue un poeta nacido en Lebu, Arauco, Chile en 1917. Estudió Derecho y Literatura en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Fue profesor de Estética Literaria y Jefe del Departamento de Castellano en la Universidad de Concepción. Ejerció la docencia en Utah, EE.UU., Alemania y Venezuela.

A partir de 1958, organizó los famosos Congresos de Escritores en Concepción, reuniendo lo más selecto de la literatura latinoamericana. Fue diplomático en China y Cuba, y perteneció al grupo surrealista reunido en torno a la Revista Mandrágora, 1938-1943.

Gonzalo Rojas recibió numerosos premios internacionales, entre los que se cuentan: Premio Sociedad de Escritores de Chile por “Poesía Inédita” 1946, Premio Reina Sofía de poesía de España, Premio Octavio Paz de México y José Hernández de Argentina, además del Premio Nacional de Literatura de Chile en 1992 y del Premio Cervantes de Literatura 2003. Luego de una corta enfermedad, falleció el 25 de abril de 2011.

Aquí les comparto cinco de sus poemas:

~♥~

LA LOBA

Unos meses la sangre se vistió con tu hermosa

figura de muchacha, con tu pelo

torrencial, y el sonido

de tu risa unos meses me hizo llorar las ásperas espinas

de la tristeza. El mundo

se me empezó a morir como un niño en la noche,

y yo mismo era un niño con mis años a cuestas por las calles, un ángel

ciego, terrestre, oscuro,

con mi pecado adentro, con tu belleza cruel, y la justicia

sacándome los ojos por haberte mirado.

 

Y tú volabas libre, con tu peso ligero sobre el mar, oh mi diosa,

segura, perfumada,

porque no eras culpable de haber nacido hermosa, y la alegría

salía por tu boca como vertiente pura

de marfil, y bailabas

con tus pasos felices de loba, y en el vértigo

del día, otra muchacha

que salía de ti, como otra maravilla

de lo maravilloso, me escribía una carta profundamente triste,

porque estábamos lejos, y decías

que me amabas.

 

Pero los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan

en un vuelo sin fin las tempestades,

pues nadie sabe nada de nada, y es confuso

todo lo que elegimos hasta que nos quedamos

solos, definitivos, completamente solos.

 

Quédate ahí, muchacha. Párate ahí, en el giro

del baile, como entonces, cuando te vi venir, mi rara estrella.

Quiero seguirte viendo muchos años, venir

impalpable, profunda,

girante, así, perfecta, con tu negro vestido

y tu pañuelo verde, y esa cintura, amor,

y esa cintura.

 

Quédate ahí. Tal vez te conviertas en aire

o en luz, pero te digo que subirás con éste y no con otro:

con éste que ahora te habla de vivir para siempre

tú subirás al sol, tú volverás

con él y no con otro, una tarde de junio,

cada trescientos años, a la orilla del mar,

eterna, eternamente con él y no con otro.

~♥~

CARTA PARA VOLVERNOS A VER

(Escrita en el mar, el 25-X-58, entre las 2 y las 5 de la mañana, a bordo del "Laennec", Navifrance, por la ruta del Atlántico norte. No publicada hasta la fecha).

 

Lo feo fue quererte, mi Fea, conociendo cuánta víbora

era tu sangre, lo monstruoso

fue oler amor debajo de tu olorcillo a hiena, y olvidar

que eras bestia, y no a besos sino a cruel mordedura

te hubiera, en pocos meses, lo vicioso y confuso

descuerado, y te hubiera en la mujer más bella ¡por Safo! convertido.

Porque, vistas las cosas desde el mar, en el frío de la noche oceánica

y encima de este barco de lujo, con mujeres francesas y espumosas,

y mucha danza, y todo, no hay ninguna

cuyo animal, oh Equívoca, tenga más desenfreno en su fulgor

antes de ti, después de ti. No hay ojos verdes

que se parezcan tanto a la ignominia.

Ignominia es tu sangre, Burguesilla: lo turbio que te azota por dentro,

remolino viscoso de miedo y de lujuria, corrupción

de todo lo materno que es la mujer. ¡Acuérdate, Malparida, de aquella pesadilla!

No hay trampa que te valga cuando tiritas y entras al gran baile del muro

donde se te aparecen de golpe los pedazos de la muerte.

No te perdono, entiéndeme, porque no me perdono, porque el mar

-por hermoso que sea- no perdona al cadáver: lo rechaza y lo arroja

como inútil estiércol.

Muerta estás y aun entonces, cuando dormí contigo, dormí con una máquina

de parir muertos. Nadie podrá lavar mi boca sino el áspero océano,

Mujer y No-mujer, de tu beso vicioso.

Lástima de hermosura. Si hoy te falta de madre justo lo que te sobra

de ramera

y de sábana en sábana, desnuda, vas riendo

y sin embargo empiezas a llorar en lo oscuro cuando no te oye nadie,

es posible, es posible que descubras tu estrella por el viejo ejercicio

del amor, es posible que tanta espuma inútil

pierda su liviandad, se integre en la corriente, vuelva al coro del Ritmo.

Tal vez el largo oleaje de esta carta te aburra, todo este aire solemne,

pero el Ritmo ha de ser océano profundo

que al hombre y la mujer amarra y desamarra

nadie sabe por qué y, es curioso, yo mismo

no sé por qué te escribo con esta mano, y toco

tu rara desnudez terrible todavía.

No hablemos ya de mayo ni de junio, ni hablemos

del gran mes, mi Amorosa, que construyó en diamante tu figura

de amada y sobreamada, por encima del cielo, en el volcán

de aquel Chillán de Chile que vivimos los dos, y eternizamos,

silenciosos, seguros de ser uno en el vuelo.

No. Bajemos de ahí, mi Sangrienta, y entremos al agosto mortuorio:

crucemos los horribles pasadizos

de tus vacilaciones, volvamos al teléfono

que aún estará sonando. Volemos en aviones a salvar

los restos de Algo, de Alguien que va a morir, mi Dios, descuartizado.

Digamos bien las cosas. No es justo que metamos a ningún Dios en esto.

Cínicos y quirúrgicos, los dos, los dos mentimos.

Tú, la más Partidaria de la Verdad, negaste la vida hasta sangrar

contra la Especie (¿Es mucho cinco mil cuatrocientas criaturas por hora...?)

Los dos, los dos cortamos las primeras, las finas

raíces sigilosas del que quiso venir

a vemos, y a besamos, y a juntamos en uno.

Miro el abismo al fondo de este espejo quebrado, me adelanto a lo efímero

de tus días rientes y otra vez no eres nada

sino un color difícil de mujer vuelta al polvo

de la vejez. Adiós. Hueca irás. Vivirás

de lo que fuiste un día quemada por el rayo del vidente.

Mortal contradictorio: cierro esta carta aquí,

este jueves atlántico, sin Júpiter ni estrella.

No estás. No estoy. No estamos. Somos, y nada más.

Y océano,

y océano,

y únicamente océano.

~♥~

CARTA DEL SUICIDA

Juro que esta mujer me ha partido los sesos,

Porque ella sale y entra como una bala loca,

y abre mis parietales y nunca cicatriza,

así sople el verano o el invierno,

así viva feliz sentado sobre el triunfo

y el estómago lleno, como un cóndor saciado,

así padezca el látigo del hambre,

así me acueste

o me levante, y me hunda de cabeza en el día

como una piedra bajo la corriente cambiante.

 

Así toque mi citara para engañarme, así

se abra una puerta y entren diez mujeres desnudas,

marcadas sus espaldas con mi letra, y se arrojen

unas sobre otras hasta consumirse.

 

Juro que ella perdura porque ella sale y entra

como una bala loca,

me sigue a donde voy y me sirve de hada.

~♥~

MARIPOSAS PARA JUAN RULFO

Cómo fornicarán felices las mariposas en

el césped oliendo

de aquí para allá a Dios sin

que vaca alguna muja encima de

su transparencia, jugando a jugar

un juego vertiginoso a unos pasos

blancos del cementerio con el mar

del verano zumbando allá abajo ocio y

maravilla.

Rulfo habrá soplado en ellas tanta

locura, Juan Rulfo cuyo Logos

fue el del Principio; les habrá dicho: —Ahora, hijas,

nos vamos de una vez

del páramo.

 

¿Y ellas? Ahora ¿qué harán

ellas sin Juan que cortó tan lejos

más allá de Comala en caballo único tan

invisible? ¿bailarán, seguirán

bailando para él por si vuelve, por

si no ha pasado nada y de repente

estamos todos otra vez?

 

Por mi parte nadie va a llorar, ni

mi cabeza que vuela ni la otra

que no duerme nunca. Se ha ido

y se acabó, nadie

corre peligro así acostado oyendo

los murmullos aleteantes.

—Con tal

de que no sea una nueva noche.

~♥~

REQUIEM DE LA MARIPOSA

Sucio fue el día de la mariposa muerta.

Acerquémonos

a besar la hermosura reventada y sagrada de sus pétalos

que iban volando libres, y esto es decirlo todo, cuando

sopló la Arruga, y nada

sino ese precipicio que de golpe,

y únicamente nada.

 

Guárdela el pavimento salobre si la puede

guardar, entre el aceite y el aullido

de la rueda mortal.

O esto es un juego

que se parece a otro cuando nos echan tierra.

Porque también la Arruga...

 

O no la guarde nadie. O no nos guarde

larva, y salgamos dónde por último del miedo:

a ver qué pasa, hermosa.

Tú que aún duermes ahí

en el lujo de tanta belleza, dinos cómo

o, por lo menos, cuándo.

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