GONZALO
ROJAS
Recopilación
de Marco Antonio Regalado
La loba, Dos poemas con
cartas y Dos mariposas con poemas…
Gonzalo Rojas fue un
poeta nacido en Lebu, Arauco, Chile en 1917. Estudió Derecho y Literatura en el
Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Fue profesor de Estética
Literaria y Jefe del Departamento de Castellano en la Universidad de
Concepción. Ejerció la docencia en Utah, EE.UU., Alemania y Venezuela.
A partir de 1958,
organizó los famosos Congresos de Escritores en Concepción, reuniendo lo más
selecto de la literatura latinoamericana. Fue diplomático en China y Cuba, y
perteneció al grupo surrealista reunido en torno a la Revista Mandrágora, 1938-1943.
Gonzalo Rojas recibió
numerosos premios internacionales, entre los que se cuentan: Premio Sociedad de
Escritores de Chile por “Poesía Inédita” 1946, Premio Reina Sofía de poesía de
España, Premio Octavio Paz de México y José Hernández de Argentina, además del
Premio Nacional de Literatura de Chile en 1992 y del Premio Cervantes de
Literatura 2003. Luego de una corta enfermedad, falleció el 25 de abril de
2011.
Aquí les comparto cinco
de sus poemas:
~♥~
LA
LOBA
Unos
meses la sangre se vistió con tu hermosa
figura
de muchacha, con tu pelo
torrencial,
y el sonido
de
tu risa unos meses me hizo llorar las ásperas espinas
de
la tristeza. El mundo
se
me empezó a morir como un niño en la noche,
y
yo mismo era un niño con mis años a cuestas por las calles, un ángel
ciego,
terrestre, oscuro,
con
mi pecado adentro, con tu belleza cruel, y la justicia
sacándome
los ojos por haberte mirado.
Y
tú volabas libre, con tu peso ligero sobre el mar, oh mi diosa,
segura,
perfumada,
porque
no eras culpable de haber nacido hermosa, y la alegría
salía
por tu boca como vertiente pura
de
marfil, y bailabas
con
tus pasos felices de loba, y en el vértigo
del
día, otra muchacha
que
salía de ti, como otra maravilla
de
lo maravilloso, me escribía una carta profundamente triste,
porque
estábamos lejos, y decías
que
me amabas.
Pero
los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan
en
un vuelo sin fin las tempestades,
pues
nadie sabe nada de nada, y es confuso
todo
lo que elegimos hasta que nos quedamos
solos,
definitivos, completamente solos.
Quédate
ahí, muchacha. Párate ahí, en el giro
del
baile, como entonces, cuando te vi venir, mi rara estrella.
Quiero
seguirte viendo muchos años, venir
impalpable,
profunda,
girante,
así, perfecta, con tu negro vestido
y
tu pañuelo verde, y esa cintura, amor,
y
esa cintura.
Quédate
ahí. Tal vez te conviertas en aire
o
en luz, pero te digo que subirás con éste y no con otro:
con
éste que ahora te habla de vivir para siempre
tú
subirás al sol, tú volverás
con
él y no con otro, una tarde de junio,
cada
trescientos años, a la orilla del mar,
eterna,
eternamente con él y no con otro.
~♥~
CARTA
PARA VOLVERNOS A VER
(Escrita
en el mar, el 25-X-58, entre las 2 y las 5 de la mañana, a bordo del
"Laennec", Navifrance, por la ruta del Atlántico norte. No publicada
hasta la fecha).
Lo
feo fue quererte, mi Fea, conociendo cuánta víbora
era
tu sangre, lo monstruoso
fue
oler amor debajo de tu olorcillo a hiena, y olvidar
que
eras bestia, y no a besos sino a cruel mordedura
te
hubiera, en pocos meses, lo vicioso y confuso
descuerado,
y te hubiera en la mujer más bella ¡por Safo! convertido.
Porque,
vistas las cosas desde el mar, en el frío de la noche oceánica
y
encima de este barco de lujo, con mujeres francesas y espumosas,
y
mucha danza, y todo, no hay ninguna
cuyo
animal, oh Equívoca, tenga más desenfreno en su fulgor
antes
de ti, después de ti. No hay ojos verdes
que
se parezcan tanto a la ignominia.
Ignominia
es tu sangre, Burguesilla: lo turbio que te azota por dentro,
remolino
viscoso de miedo y de lujuria, corrupción
de
todo lo materno que es la mujer. ¡Acuérdate, Malparida, de aquella pesadilla!
No
hay trampa que te valga cuando tiritas y entras al gran baile del muro
donde
se te aparecen de golpe los pedazos de la muerte.
No
te perdono, entiéndeme, porque no me perdono, porque el mar
-por
hermoso que sea- no perdona al cadáver: lo rechaza y lo arroja
como
inútil estiércol.
Muerta
estás y aun entonces, cuando dormí contigo, dormí con una máquina
de
parir muertos. Nadie podrá lavar mi boca sino el áspero océano,
Mujer
y No-mujer, de tu beso vicioso.
Lástima
de hermosura. Si hoy te falta de madre justo lo que te sobra
de
ramera
y
de sábana en sábana, desnuda, vas riendo
y
sin embargo empiezas a llorar en lo oscuro cuando no te oye nadie,
es
posible, es posible que descubras tu estrella por el viejo ejercicio
del
amor, es posible que tanta espuma inútil
pierda
su liviandad, se integre en la corriente, vuelva al coro del Ritmo.
Tal
vez el largo oleaje de esta carta te aburra, todo este aire solemne,
pero
el Ritmo ha de ser océano profundo
que
al hombre y la mujer amarra y desamarra
nadie
sabe por qué y, es curioso, yo mismo
no
sé por qué te escribo con esta mano, y toco
tu
rara desnudez terrible todavía.
No
hablemos ya de mayo ni de junio, ni hablemos
del
gran mes, mi Amorosa, que construyó en diamante tu figura
de
amada y sobreamada, por encima del cielo, en el volcán
de
aquel Chillán de Chile que vivimos los dos, y eternizamos,
silenciosos,
seguros de ser uno en el vuelo.
No.
Bajemos de ahí, mi Sangrienta, y entremos al agosto mortuorio:
crucemos
los horribles pasadizos
de
tus vacilaciones, volvamos al teléfono
que
aún estará sonando. Volemos en aviones a salvar
los
restos de Algo, de Alguien que va a morir, mi Dios, descuartizado.
Digamos
bien las cosas. No es justo que metamos a ningún Dios en esto.
Cínicos
y quirúrgicos, los dos, los dos mentimos.
Tú,
la más Partidaria de la Verdad, negaste la vida hasta sangrar
contra
la Especie (¿Es mucho cinco mil cuatrocientas criaturas por hora...?)
Los
dos, los dos cortamos las primeras, las finas
raíces
sigilosas del que quiso venir
a
vemos, y a besamos, y a juntamos en uno.
Miro
el abismo al fondo de este espejo quebrado, me adelanto a lo efímero
de
tus días rientes y otra vez no eres nada
sino
un color difícil de mujer vuelta al polvo
de
la vejez. Adiós. Hueca irás. Vivirás
de
lo que fuiste un día quemada por el rayo del vidente.
Mortal
contradictorio: cierro esta carta aquí,
este
jueves atlántico, sin Júpiter ni estrella.
No
estás. No estoy. No estamos. Somos, y nada más.
Y
océano,
y
océano,
y
únicamente océano.
~♥~
CARTA
DEL SUICIDA
Juro
que esta mujer me ha partido los sesos,
Porque
ella sale y entra como una bala loca,
y
abre mis parietales y nunca cicatriza,
así
sople el verano o el invierno,
así
viva feliz sentado sobre el triunfo
y
el estómago lleno, como un cóndor saciado,
así
padezca el látigo del hambre,
así
me acueste
o
me levante, y me hunda de cabeza en el día
como
una piedra bajo la corriente cambiante.
Así
toque mi citara para engañarme, así
se
abra una puerta y entren diez mujeres desnudas,
marcadas
sus espaldas con mi letra, y se arrojen
unas
sobre otras hasta consumirse.
Juro
que ella perdura porque ella sale y entra
como
una bala loca,
me
sigue a donde voy y me sirve de hada.
~♥~
MARIPOSAS PARA JUAN RULFO
Cómo
fornicarán felices las mariposas en
el
césped oliendo
de
aquí para allá a Dios sin
que
vaca alguna muja encima de
su
transparencia, jugando a jugar
un
juego vertiginoso a unos pasos
blancos
del cementerio con el mar
del
verano zumbando allá abajo ocio y
maravilla.
Rulfo
habrá soplado en ellas tanta
locura,
Juan Rulfo cuyo Logos
fue
el del Principio; les habrá dicho: —Ahora, hijas,
nos
vamos de una vez
del
páramo.
¿Y
ellas? Ahora ¿qué harán
ellas
sin Juan que cortó tan lejos
más
allá de Comala en caballo único tan
invisible?
¿bailarán, seguirán
bailando
para él por si vuelve, por
si
no ha pasado nada y de repente
estamos
todos otra vez?
Por
mi parte nadie va a llorar, ni
mi
cabeza que vuela ni la otra
que
no duerme nunca. Se ha ido
y
se acabó, nadie
corre
peligro así acostado oyendo
los
murmullos aleteantes.
—Con
tal
de
que no sea una nueva noche.
~♥~
REQUIEM DE LA MARIPOSA
Sucio
fue el día de la mariposa muerta.
Acerquémonos
a
besar la hermosura reventada y sagrada de sus pétalos
que
iban volando libres, y esto es decirlo todo, cuando
sopló
la Arruga, y nada
sino
ese precipicio que de golpe,
y
únicamente nada.
Guárdela
el pavimento salobre si la puede
guardar,
entre el aceite y el aullido
de
la rueda mortal.
O
esto es un juego
que
se parece a otro cuando nos echan tierra.
Porque
también la Arruga...
O
no la guarde nadie. O no nos guarde
larva,
y salgamos dónde por último del miedo:
a
ver qué pasa, hermosa.
Tú
que aún duermes ahí
en
el lujo de tanta belleza, dinos cómo
o,
por lo menos, cuándo.

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