marco regalado
Hablar de Henry Miller es
hablar de escándalos ocurridos en otros tiempos, por supuesto, en cuanto a
“moralidad” se refiere; sin embargo, su obra es mucho más fuerte, amplia, culta
y lúcida que las inevitables referencias sexuales que surgen al invocar su nombre.
Naturalmente, ni Miller ni nadie en su sano juicio pretenderían desarmar la
carga que supuso para las buenas costumbres y la moral establecidas, contra las
cuales atentaba la publicación en 1934 de “Trópico de Cáncer” y “Trópico
de Capricornio” en 1939.
Hijo de Louise Nieting y
Heinrich Miller, Henry Valentine Miller nació en el barrio de Yorkville, Nueva
York. Estudió durante dos meses en el City College de su ciudad natal, nunca
terminó su formación académica. En cambio, se volvió un fiel amante de la
literatura, en especial del escritor ruso Fedor Dostoievski; fue expulsado de
la universidad, por lo que se vio obligado a ejercer diferentes tipos de
oficios antes de marcharse a París en 1930 huyendo de la Gran Depresión. En
aquella ciudad, en la que residió durante diez años, llevó una vida bohemia,
que describió en varias novelas eróticas de carácter autobiográfico, a los ya
mencionados trópicos, habría que sumar:
Trascendentes,
prosa anárquica, letras eróticas, con un gran peso autobiográfico (inaugural en
este sentido a través del uso del ‘yo’ y sus contextos), narrativa que
desencadenó grandes polémicas y censuras tras su publicación. Cuando leemos la
obra de Miller, encontramos grandes referencias de la época, sobre todo, una
biografía del autor; en cuanto al sexo, hay muy poco o casi nada: hay
literatura. También se le atribuye como iniciador del género sucio —como el de
Charles Boukowsky—, pero tampoco es cierto del todo; pero si es verdad que su
estilo fue admirado e influyo en las generaciones posteriores.
Miller fue el predecesor de
los escritores de la llamada “Generación Beat”, como Jack Kerouac, William
Borroughs y Allen Ginsberg, así como a nuestro admirado Boukowski y, reconocido
por ser una de las plumas más brillantes de la literatura estadounidense, Henry
Miller falleció hace treinta y cinco años, un siete de junio, pero las obras de
Miller, sin embargo, son mucho más que escándalo sexual, son literatura ante
todo, pero a la vez sirvieron para que, a partir de él, el sexo se tratara en la
literatura con más normalidad.
"La subo sobre mí y,
mientras las cuerdas me resuenan en los oídos; la habitación está obscura y la
alfombra pegajosa con el kümmel derramado por todas partes. De pronto, parece
como si se acercara la autora: es como agua arremolinándose sobre el hielo y el
hielo está azul con la bruma que se alza, glaciares hundidos en verde
esmeralda, gamuza y antílope, meros dorados, morsas retozando y el ambarino
lucio saltando sobre el círculo ártico… Elsa está sentada en mis rodillas. Sus
ojos son como ombligos diminutos. Miro su enorme boca, tan húmeda y brillante,
y la cubro con la mía...” (Trópico de Cáncer).
La crudeza o naturalidad
con la que el escritor estadounidense se refiere al sexo, la apasionada defensa
del individualismo más anárquico y extremo, la predilección que siente por los
malditos, por los perdedores, por lo periférico, por aquellos que desde la
mediocridad y el delirio son incapaces de asumir su derrota, y todo ello
narrado sin una estructura o armazón preciso, desde un aparente caos, tan
coherente por otra parte con el submundo descrito, es lo que hace de “Trópico
de Cáncer” una saeta que da exactamente en el blanco para todos aquellos, a
los que no nos gustan las frases encubiertas con ese falso velo de “moral” o de
“buenas costumbres”. La novela, o 'documento' si rozamos la definición del
propio Miller, se editó semiclandestinamente en francés, los gastos de la
edición fueron pagados, nada más y nada menos que por Anaïs Nin, su querida
amiga, su amante, su protectora, su guía en ese laberinto que se había
transformado el Paris de entonces y, se convirtió casi de forma inmediata, en
un éxito y en una escandalosa leyenda:
“No tengo dinero, ni
recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace
seis meses, pensaba que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que
era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir,
gracias a Dios. Entonces, ¿qué es esto? Esto no es un libro. Es un libelo, una
calumnia. El mundo es un cáncer que se devora a sí mismo...” (Trópico de
Cáncer).
Prohibida con similar
intensidad que ensalzada, “Trópico de Cáncer”, no pudo ser publicada en Estados
Unidos, país natal de su autor, hasta 1961, es decir, 27 años después de su
aparición y cuando buena parte de las vanguardias artísticas de los años
treinta ocupaban ya las nuevas academias, lo respetable y establecido. Cada uno
de los personajes de la novela se vuelven necesarios para la comprensión total,
tiempos difíciles y maravillosos, que, de cierta forma, nuestra actualidad no
está lejos de ella:
“Boris me acaba de hacer
un resumen de sus ideas. Es un profeta del tiempo y dice que éste seguirá
empeorando. Habrá más calamidades, más muerte, más desesperación. No se observa
la más ligera indicación de un cambio... Debemos llevar el paso, cerrados en
fila hacia la prisión de la muerte. Imposible escapar. El tiempo no cambiará...”
(Trópico de Cáncer).
Una de las grandes
aportaciones de Henry Miller en Trópico de Cáncer y en la posterior Trópico de
Capricornio es la sinceridad. En el primero de estos libros nos cuenta, en una
primera persona seguramente algo ficcionada, sus experiencias en París, donde
el escritor se formó como tal mientras vivía una vida precaria, de casa en
casa, de bar en bar, de burdel en burdel. Trópico de Capricornio, aunque
escrita cinco años después (1939) relata su vida en su país natal, previamente
al viaje a París. Una vida más marcada por las obligaciones familiares, la
frustración laboral, el matrimonio fracasado, pero que aun así dista mucho de
cualquier atisbo de estabilidad. En ambos libros y a modo de autobiografía, el
autor cuenta lo que hace y lo que piensa en cada momento sin ningún pudor, sin
miedo a ser tachado de borracho, machista o misógino (que lo sería, en su
momento), y su credibilidad es excelente.
Después vendría Trópico
de Capricornio (1938), autobiografía también, pero que, si se quiere, se puede
ver como ficción, en ella nos da cuenta las peripecias de Henry Miller desde su
infancia hasta su vida adulta. No se utiliza una narración lineal en la
historia, ni siquiera un orden cronológico establecido; por ejemplo, el autor
pasa de narrar un episodio de su vida como empleado a describir sus años de
infancia en una calle de Brooklyn y, luego, a perderse en una brusca mixtura de
prosa y lenguaje lírico. Su técnica narrativa es bastante provocativa, así como
poco ortodoxa para los más convencionales; no obstante, el sentido de lo que
desea narrar es descifrable haciendo que el lector pueda sentirse partícipe de
la historia, narrada, cómo no, en primera persona.
“¡Basta de espiar por el
ojo de la cerradura! ¡Basta de masturbarse en la oscuridad! ¡Basta de
confesiones públicas! ¡Qué salten las puertas de sus quicios! Quiero un mundo
en el que la vagina esté representado por un rudo y honesto tajo, un mundo que
sienta por los huesos y los contornos, los crudos colores primarios; un mundo
que sienta miedo y respeto por sus orígenes animales. (Trópico de Capricornio).
Aun cuando la trama está
fraccionada en episodios aislados, todos se conectan de una manera u otra
gracias a la técnica narrativa de Miller, ubicándonos espacial y temporalmente
en sitios opuestos, pero termina compaginándolos sin ningún problema; un
ejemplo de esto se ve cuando narra una experiencia de su niñez —que podríamos
entender como que la vida es una reverenda flatulencia—, ya que asiste al
funeral de su mejor amigo, decide tirarse un sonoro pedo, y salta a su vida
adulta, para contarnos los pormenores de su triste vida laboral.
Desterrado de su tiempo,
Miller nos hace sentir mediante su narrativa que las miserias humanas están a
la vuelta de la esquina, llegando a ser, a veces, sorprendentemente patéticas,
de acuerdo con el cristal que lo queramos ver. La historia del libro comienza
cuando el autor consigue, casi por casualidad, un empleo como funcionario en la
Compañía Telegráfica Cosmodemónica. A regañadientes acepta el puesto en el que
observa con consternación la estructura de una empresa que se está pudriendo
desde adentro. Poco a poco logra ganarse la confianza de los altos mandos que
lo ven como una especie de mal necesario para la compañía. Su trabajo se reduce
a supervisar que no se contrate a toda la “escoria” de Nueva York: pordioseros,
vagos, prostitutas, drogadictos, ladrones, ex-presidarios o gandules de poca
monta, etc. Sin embargo, él mismo no puede ser tan duro, pues un sentido
piadoso le invade el alma. Termina dándoles algo a todos estos individuos:
“Constantemente me
instaban a no ser demasiado indulgente, ni demasiado sentimental, ni demasiado
caritativo. “¡Tienes que ser firme! ¡Tienes que ser duro!”, me advertían. “¡A
tomar por culo!”, me decía para mis adentros. “Seré generoso, flexible,
clemente, tolerante, tierno.” Al principio escuchaba a todos hasta el final; si
no podía darles empleo, les daba dinero, y, si no tenía dinero, les daba
cigarrillos o les daba ánimos. Pero ¡Les daba algo!” (Trópico de Capricornio).
Caminar entre “Los
Trópicos de Henry Miller”, es caminar de la mano de la honestidad, donde el
autor no se limita al efectismo del escritor que utiliza una tarjeta de
presentación donde se anuncia: Henry Miller “Escritor maldito”; o donde
simplemente vayamos a encontrar narraciones de escenas de sexo bizarro,
ladillas, mendicidad y exceso de alcohol que encandilan a adolescentes
rebeldes; no, en Henry Miller encontramos literatura, es autor y personaje,
desprovisto de ego, a ratos patético y odioso, a ratos indefenso, vulnerable.
Pero siempre escritor, para mí, como quizá para muchos, su mayor aportación son
los pensamientos y observaciones sobre el ser humano que trascienden de toda
sociedad (suciedad), a todas horas. Monólogos interiores profundos,
inspiradísimos, en los que se plantea el sentido de la vida (si es que lo
tiene), de su vida, y que se acumulan edificando casi una filosofía. Una muy
personal. La respuesta a la pregunta de si lo recomendaría, diría que
ampliamente y comenzaría por “Trópico de Cáncer”. *
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- Publicado
originalmente en el 2015 en el suplemento “Letras” de Cambio de Michoacán…



